A veces, sonreír es la mejor forma de contribuir a cambiar el mundo.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Son tus papás...

Mamá, ¿qué estás haciendo? ¿Qué hacés poniendo los regalos esos abajo del arbolito? No, dejá, no me expliques nada: ya lo entendí todo. De todos modos, ya me estaba dando cuenta. ¡Y sí! Si ni siquiera ponen el empeño necesario para que yo siga creyendo en la historia. Aparte ya estoy grande, tengo 11 años.
No, no quieras excusarte. Lo hecho, hecho está. Ya no hay vuelta atrás. ¿Cómo me di cuenta? Y,  primero porque te acabo de ver poniendo esos regalos abajo del arbolito… Bueno, está bien, voy a hablar más bajito así no me escuchan mis primos más chicos.
Yo me di cuenta que era imposible que un tipo pueda recorrer la casa de miles de millones de personas en el mundo en una sola noche. Aparte: si tuviera el estado físico de Usain Bolt, te lo puedo creer... ¡pero es un tipo que pesa más de 120 kilos!
Además ustedes siempre me decían que entraba por la chimenea. Acá en casa no tenemos chimenea, ¿por dónde entra entonces? Me hicieron creer que dejaban la ventana abierta para que pudiera entrar. Ponen la alarma y cierran con candado cuando vamos al kiosco de la esquina... ¡mirá si van a dejar la ventana abierta a la noche para que entre un tipo que no conocemos!
Le dejábamos leche y galletitas. Mientras, nosotros comíamos carne, pollo, cordero, lechón, ensalada rusa, vitel toné, ensalada de frutas, helado, garrapiñada. ¿Tan amarretes íbamos a ser que le dejábamos dos galletitas en un plato y un vaso de leche blanca? Porque si me dijeras que son Toddys y una Cindor, te lo puedo creer, ¿pero a qué persona le puede llegar a gustar la leche blanca así no más y dos galletitas de esas que quedan en el paquete de Surtido Bagley que a nadie les gusta? O sea, el tipo viene del Polo Norte, no podemos ser tan guachos de dejarle dos galletitas nada más.
El año pasado cuando el papel del regalo decía grande “Carrefour” ya no era creíble. En el Polo Norte no hay Carrefour. Habrá otro súper, pero no Carrefour.
Y yo empecé a ver las noticias – porque en la escuela nos dicen que tenemos que mirar otras cosas además de dibujitos –. Y cuando vi que todo lo que viene de afuera tiene que pasar por la aduana, ya ahí sospeché. O esto era mentira, o Papá Noel era amigo de Moreno para poder pasar las cosas tan rápido. El tío sigue esperando el repuesto para el auto y este tipo en una noche pasa todo... ¡y encima los reparte! Era muy difícil.
Yo escuchaba que decían que había que portarse bien porque si no Papá Noel te dejaba carbón en vez de un regalo. Y con lo mal que se porta Martín tendríamos que haber hecho el asado de hoy sin tener que comprar leña. Sin embargo, también hay un regalito para él.
¿Y Rodolfo? El reno de la nariz roja. Nunca vi un reno ya de por sí, mucho menos me podía imaginar uno con la nariz roja. ¿Qué se tragó? ¿Un foquito de 60 watts? Aparte, debe tener miedo cuando llueve, una mojadita, cortocircuito y ¡a la mierda el reno! Perdón, no digo más malas palabras, pero me enoja saber que me mintieron con esto.
Seguro que los Reyes Magos tampoco son verdad ¿o no? Y sí, era evidente. ¿Dónde se vio que tres Reyes Magos anduvieran en camellos? Si son magos, mínimo tendrían que desaparecer y aparecer en otro lado. Pero no, no hacían nada de magia.
Ni siquiera son inteligentes porque, si te ponés a pensar, a un nene recién nacido no le vas a regalar oro, incienso y mirra. Bueno oro puede ser, para cuando sea grande. Pero, ¿para qué quiere el incienso? Cenizas con olor, o sea, para eso comprale un Poet, un Lysoform, algo así. ¿Y mirra? ¿Qué es mirra? ¿Ves?… Hasta vos misma ya dudás de la historia.
Y el colmo fue cuando vi a los Reyes Magos el 6 a la tarde andar por la ciudad en una camioneta de la municipalidad tirando caramelos. Mirá si los tipos iban a ir Intendente por Intendente pidiéndole una camioneta para no parecer mendigos arriba de un camello.
Lo único que nunca entendí es por qué se armaban tantos líos con las historias. Si estabas acá en casa era el “conejo” de Pascuas. Pero si ibas a lo de la abuela no era un conejo, sino una gallina la que dejaba los huevos. Pónganse de acuerdo, porque así te das cuenta facilísimo que es mentira. Aparte el conejo no pone huevos.  ¿A quién se los roba entonces?
Íbamos al supermercado y había montones de huevos de pascua en las estanterías y nadie decía nada, sólo los compraban... ¡Dense cuenta de que tienen secuestrado al conejo de Pascuas en el depósito y lo están forzando a producir muchos huevos para llenar las góndolas! Y nunca me contaron si ese conejo era amigo del conejo de Alicia en el País de las Maravillas o del conejo de los cereales Trix.
Son esas cosas las que te van haciendo dar cuenta. Igual que cuando se me caía un diente y vos decías que era el hada de los dientes, pero papá me decía que era el Ratón Pérez. Son dos cosas diferentes, hay uno que la está errando.
Vi en Discovery que le sacan el marfil a los dientes del elefante para venderlo porque ganan mucha plata con eso. Yo no sé de qué están hechos nuestros dientes, pero estos bichos se los estaban afanando para venderlos muy caros. Y si, es afano, porque si por un diente que lo vendés a mucha plata me dejás sólo 2 pesos abajo de la almohada, es robo seguro. Y son 20 dientes por chico más o menos, 2 por familia, 40 millones de personas en Argentina no más. Un negoción
Y cuando entendí toda la situación, encontré un frasco con muchos dientes. ¿Para qué los guardás? Encima llenos de caries. Cuando tengas que hacerte prótesis porque estés viejita te van a poner unos nuevos. No guardes los míos, ni los de Martín.
Y una última pregunta: ¿El viejo de la bolsa y el cuco tampoco son verdad, no? ¡Yo sabía! Siempre que Martín se va al boliche le dicen: abrígate, tené cuidado, no tomes mucho. Pero no le dicen: “¡Tené cuidado con el viejo de la bolsa!” o “¡Que no te agarre el cuco porque estás despierto!”. No.
Ya soy un chico grande, ya me di cuenta. No era necesario darme cuenta así, viéndote poner los regalos acá abajo del árbol. Pero bueno, espero que no me mientan más.
No. No pidas perdón, ya está ahora. Vamos que ya son las doce y hay que brindar todos juntos. Servime una copa de sidra que yo también quiero brindar. No, sin alcohol no, yo quiero probar la que es con alcohol, ya soy grande. Dale mamá…. No seas así o le digo a mis primitos que todo es mentira eh... y mirá que ellos recién tienen 5 y 6 años. ¡Gracias mamá, felíz navidad!

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mi primera vez

La primera vez siempre está cargada de nervios, de ansiedad, de inseguridad. Y esta no fue la excepción.
La televisión, la sociedad, mis amigos hablaban de eso. Yo era el único del grupo que quedaba sin vivir esa experiencia. Era el único que no cumplía con ese mandato social. Y si bien nunca había sentido una necesidad, o siquiera ganas de que pasara de manera urgente, ese día, después de una charla con mis amigos me decidí.
Dicen que siempre la primera vez tiene que ser algo consciente, un acto de amor. Yo, en cambio, me dejé llevar por el impulso y decidí arriesgarme a lo desconocido.
Llamé por teléfono, me informé. Leí varios volantes que había recibido en la calle el día anterior.
Cuando uno está inseguro toda elección, parece imposible de resolver.  ¿Qué me pongo? ¿Uso perfume o queda mal? Después de varias vueltas me decidí por un jean y una camisa, y un perfume importado como para causar una buena impresión.
Podría haber ido en colectivo, porque tiempo me sobraba, pero mi higiene demandaba que un taxi sería más propicio para la ocasión. El coche me dejó en un edificio muy lujoso: puertas de vidrio impecablemente limpias, el césped recién cortado. Todo parecía de película, un lugar muy ameno.
A medida que iba entrando comenzaba a sentir cómo mi corazón aceleraba sus latidos, quizás porque estaba tomando conciencia de lo que estaba por hacer. Pensé en irme ni bien entré al lugar. Sin embargo, algo me decía que debía quedarme, que no debía perder aquella oportunidad. Los nervios de la primera vez son de inexperiencia. Y no hablo de esta primera vez, me refiero a la  de cualquier cosa que uno haga, los nervios por no saber. Tiene miedo de hacer las cosas mal, de fracasar en el intento, de quedar mal. Mi abuela siempre me decía: “Nadie nace sabiendo” y que “la intención es lo que vale” cuando me equivocaba en algo. Pero no es lo mismo. Ya nadie valora la buena intención con la que uno hace las cosas. Pareciera que en la sociedad actual hay que saber todo de antemano. No se permiten los fracasos, los intentos fallidos, el aprendizaje por ensayo y error. Todos son jueces de lo que uno hace. Y si lo hace mal, no sólo queda en la memoria de uno, sino en la de todos los demás, que te lo recuerdan. Quizás en broma, pero vos lo seguís viviendo como una mala experiencia.
Además, aunque uno se informe, busque, mire, escuche, lo visto en la teoría nunca logra equiparar a la experiencia propia. Dicen también que cada quien lo vive de manera diferente y que por más que alguien te cuente, difícilmente vayas a sentir lo mismo. Todo depende la persona y la situación.
Ya había cruzado todo el pasillo. No podía echarme atrás. Me senté y esperé a que me llamase. Los momentos muertos son cruciales para revalidar una elección. Cuando los pensamientos hablan más fuerte que las palabras, las decisiones se toman con acciones. Fueron los quince minutos que más pensé en toda mi vida. El mundo a mí alrededor se había apagado. Estaba demasiado nervioso. Dentro de mi cabeza surgían cada vez más preguntas, algunas parecían no tener respuesta. Empecé a arengarme a mí mismo, como un soldado que va a la guerra y necesita la palabra de aliento del general. Pero acá no había general, teniente o coronel que valiera. Sólo yo podía mentalizar qué era lo que quería y lo que estaba buscando.
“¿Quién me manda a mí a estar acá? Encima solo. Le podría haber dicho a alguno de los chicos que me acompañara. No, es algo mío. Una superación personal. Algo íntimo, sólo yo y mi persona.”
En eso llaman al siguiente. El siguiente era yo: me tocaba entrar. Tragué saliva, me levanté y encaré para la puerta tratando de no parecer nervioso, aunque las piernas me temblaban.
Una chica joven, tendría alrededor de veintitrés años, cabello rubio, ojos color verde, altura de un metro setenta, me invitó a pasar. Era hermosa, un sueño de mujer. Mi mirada se perdió en la suya. Me debilitan las rubias de ojos claros, son la perdición.
-        ¿Cómo te llamás?
-        Franco – dije primero en un tono aguda que me salió. Aclaré mi garganta, me sequé las manos transpiradas en el jean y volví a responder – Franco me llamo.
-        ¿Cuántos años tenés? – preguntó observándome fijamente.
-        Diecinueve, recién cumplidos.
Diecinueve años, no sé si son muchos o pocos. Estás en ese intermedio en que no sos tan grande como para cambiar el uno por el dos en las decenas de tu edad pero tampoco sos un chico, menor, libre de responsabilidades. De los dieciocho a los veinte estás en el interludio, en la mitad del camino. Donde está bien ser un poco chiquilín, pero ya tenés que asumir una postura madura aunque sea para mostrar en público.
Hicimos todo el protocolo inicial, lo habitual. Siempre ella manteniendo contacto visual, cosa que para mí muy difícil de hacer. Me gusta mirar a los ojos, sí, siento que le da seriedad y veracidad a lo que estás haciendo, pero tengo mis límites. Así que cada tanto tenía que despegar mis ojos de su mirada para no sentirme invadido y perturbado.
- ¿Es tu primera vez? – preguntó determinante, como si ya supiese mi condición por mis acciones.
- Sí, ¿se nota mucho? – respondí y dejé escapar una risita nerviosa. Ese tipo de cosas me delataban.
- No, para nada. Igual, siempre hay una primera vez para todo. – dijo y sonrió.
Esa sonrisa me terminó de comprar, reafirmó por qué estaba ahí. La manera dulce que tenía de ser para conmigo me hacía dar ganas de disfrutar el momento.
Cuando terminamos con los pasos previos me acarició con ternura el brazo y me preguntó si estaba listo para comenzar. Asentí, ya un poco más seguro de lo que hacía.
Me recostó. El corazón me latía como nunca antes lo había hecho, parecía que iba a salirse de mi pecho. Sentía los latidos hasta en la garganta, en los brazos, en las manos que me empezaban a temblar.
De a poco el nerviosismo comenzó a irse, quizás porque la situación ya no era tan tensa, porque mirarla a los ojos y escuchar su tierna voz me hacían perder el miedo o porque de a poco estaba ganando experiencia.
Me felicitó por mi desempeño, y yo, orgulloso de lo que había hecho, me levanté. Pero los nervios me traicionaron nuevamente y caí desmayado.
Al reincorporarme ella estaba a mi lado con un café y dos medialunas. Otra vez me sentí la persona más ridícula e infantil del mundo. ¡¿Cómo puede ser que me haya desmayado?! Me sentía menos hombre, había fracasado y justo en el final.
- Perdoná, no sé qué me pasó. Soy un pavo bárbaro. – dije muy dolido y realmente sintiendo culpa.
- No hay problema, siempre pasa. Es muy común en la primera vez. No tenés que pedir perdón.– pronunció ella como tratando de consolarme. No de la manera en que se consuela a un niño, dándole la razón para que se sienta bien, sino diciendo amablemente aquellas palabras desde el corazón.
- Es que vine sin comer nada. Estoy en ayunas. – le repliqué tratando de excusarme.
Una vez recuperado totalmente, me decidí por saludarla y volver a mi casa. Estaba contento por lo logrado. Ya no era el único de mi grupo de amigos que no había vivido la experiencia. Era otra persona. Salí del edificio con el pecho elevado por el orgullo, con mi autoestima mejor que nunca. Había podido hacerlo y controlar mis indecisiones.
Mientras salía del edificio pensaba en esa noche, al cenar con mis amigos, contarles cómo fue todo. Uno siempre cuenta a sus amigos esas cosas con lujo de detalles. Tal vez sea para aportar tu granito de arena al saber colectivo del grupo y que los demás lo tengan en cuenta, reírse de la situación o recibir los elogios con el tinte gracioso del resto. Pensé en omitir la parte del desmayo para no ser la burla del grupo, pero quizás a ellos les serviría saber que, como me dijo la enfermera, no es necesario ir en ayunas a donar sangre.
Ya en el colectivo rumbo a casa, recordé a Facundo Arana con el cartel de “donar sangre salva vidas”.
Esa noche, cuando reposé mi cabeza sobre la almohada, me sentí mejor. Un placer invadió mi alma... el placer de dar. Quizás esa poca sangre que yo había donado sería la que mañana salvara la vida a una persona que nisiquiera conozco. Qué bien se sentía eso.